Hola extraño,
El tiempo ha pasado rápido. Han transcurrido casi dos años desde que nos vimos por primera vez en aquel pasillo transitado por decenas de personas preocupadas por sus propias cosas. Yo era una de ellas y a ti eso pareció darte curiosidad. Debo admitir que siempre llamaste mi atención, pero hubo siempre algo que me limitaba; aunque ahora que lo pienso, eso todavía se encuentra presente. Aquel día yo hablaba sola porque había tenido un día difícil y siempre que eso pasa, es inevitable que termine hablando conmigo para luego reírme pensando que estoy loca. Seguro ya tú te diste cuenta. Aún no sé tu nombre y la verdad es que no quiero saberlo, seguro será imposible de pronunciar y hará que nuestra relación pierda la magia. La verdad es que me gustan nuestros diferentes intercambios de miradas, dependen de nuestro estado de ánimo. Hay días de miradas indecentes, de miradas tiernas, de miradas curiosas, de miradas avergonzadas o de miradas indiferentes. Me encanta que parece que puedo llamarte con el pensamiento.
La mayoría de la gente puede pensar que necesito un sanatorio a causa de esto, pero me da igual, yo nunca he entrado dentro de lo que ellos describen como normal. Me encanta esta relación visual contigo porque hay días en los que puedes alegrarme el día a pesar de que no me digas nada, creo que allí radica que esto me parezca tan perfecto: como no hablas, no lastimas. No sé por qué, pero presiento que eres muy diferente a mí. Por eso hay días en los que me siento tentada a acercarme a hablar contigo y así despejar las dudas, pero luego tomo distancia y recuerdo quién soy y quién eres. A veces me molestan las diferencias del mundo, pero ¿a quién engaño? Yo no podría vivir sin ellas. Hay gente que me tacha de infantil por esto, como si yo tuviese la culpa de que ellos hayan dejado de ser niños y de disfrutar de las cosas más simples. Por ello, gracias por siempre estar allí, aunque tú no lo sepas.
Nos vemos en los pasillos, desconocido.
Yo.
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