martes, 4 de octubre de 2011

Un día cualquiera.

Y ahí estaba yo, rompiendo vasijas de barro por internet para no salir a matar a alguien y terminar de desgraciarme la vida. Y es que la noticia que recibí no era para menos: que tu novia de toda la vida, ésa de la manito sudada, ésa de la primera vez, se haya ido con el carajo que llamaste mejor amigo por 20 años de tu vida, no es para menos. En fin, mejores cosas vendrían. Pasé algo así como 2 horas pagando mi rabia con las vasijas hasta que me cansé de ver colores brillantes estallar y desaparecer.

Salí a tomar aire y me encontré con el enano del apartamento del frente: el pobre hombre tiene 2 hijas y hace 4 años que espera que su esposa regrese. Él dice que anda en busca de aventuras por el mundo, yo pienso que todo el mundo anda viviendo una aventura con ella. Pobre pendejo, pero así somos algunos, si no, mírenme a mí. Lo saludé y seguí mi camino. Decidí que tenía hambre y me fui a la panadería más cercana. El día parecía normal, había mujeres caminando apuradas con sus hijos, hombres de traje manejando carros y carajitos agarrados de las manos en rincones escondidos besándose y jurándose amor eterno. Ilusos ellos que no saben en qué paquete se están metiendo.

Llegué a la panadería y el portu me recibió como siempre: con una gran cara de culo. Normal. Típico. Pedí un cachito y un Nestea de durazno, le pagué y salí. No estaba dispuesto a calármelo. Justo a la salida iba pasando una maestra con su fila de muchachitos cantando. Todo un encanto de no ser porque uno sabe que esos encantos crecerán y serán engendros. Pensé en sacarle la lengua a uno que me veía como examinándome, expresando un gesto negativo en su rostro, pero pensé en todos los problemas en los que podía meterme con la situación de las leyes hoy en día. Decidí que no valía realmente la pena hacerlo.

Caminé mientras comía el cachito y tomaba el Nestea, cuando caí junto con todo lo demás un hueco que había en medio de la acera producto de la tala de un árbol. Maldije una y otra vez al gobierno, a los que talaron el árbol, a los imbéciles que siguen votando por él y a todos los posibles responsables de mi caída. Una señora iba pasando y me miró con cara de pocos amigos, pero realmente me supo a mierda. Me levanté, tiré todo en la cesta de basura que estaba atrás de mí. Seguí caminando de nuevo hasta mi casa, no quería seguir por ahí, podía pasar cualquier cosa en un día como aquel. Subí las escaleras hasta el segundo piso y llegué a casa. Entré, me tiré en la cama y pensé: ¡Qué mal día para ser botado por Sofía!




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